11·11 — Una luz, un paso, un suspiro

Hola querida lectora,

¿Cómo te encuentras en estos días de noviembre?

Estos días traen una luz especial, esa que apenas roza las cosas antes de irse.
El día parece acortarse de golpe y, sin embargo, algo en su retirada invita a encender luces pequeñas —las de casa, las del alma.

Parece que el mundo entero baja la voz, y en ese silencio más hondo se escuchan cosas que en verano no se oían.

Hoy quiero contarte algo sencillo y luminoso de este 11 del 11.

Esta tarde, en la escuela Waldorf de mi hija Gaia, celebraremos la fiesta del fanalet.
Los niños y niñas, con sus pequeñas manos, han estado preparando farolillos con papel y cera de abeja.
Al caer la tarde saldremos al jardín: cada niño sostendrá su luz, protegida del viento, y caminará en fila mientras cantamos una melodía suave, casi susurrada:

“Yo voy con mi farolito,
y mi farolito conmigo;
arriba brillan estrellas,
abajo yo y mi amigo.”

El cuento que acompaña esta tradición —La niña y el farol— habla de una pequeña que atraviesa el bosque en una noche oscura.
En el camino, su luz se apaga una y otra vez, pero siempre encuentra una chispa para volver a encenderla.
Es un relato que, aunque infantil, contiene una verdad profunda: la luz que nos guía no siempre brilla constante; hay que cuidarla, alimentarla, protegerla del soplo del miedo.

Te cuento todo esto porque, además de ser una fiesta preciosa que cada año me emociona, en estos días de noviembre me estoy sintiendo algo así.

He recibido unas noticias que me han llevado a momentos de colapso, mucho cuestionamiento y cansancio, de preguntarme si el camino que sigo desde hace ya casi seis años  —acompañar a través de la astrología— sigue siendo el correcto.
Por momentos, la duda y la presión me han apagado la llama interior.

Y esta celebración que llevamos unos días preparando me recuerda que incluso una luz frágil basta para seguir avanzando. Que la claridad no siempre es un sol radiante: a veces es apenas una chispa que tiembla, pero sigue viva.

En medio de estos días de colapso, he sentido presencias que sostienen; apoyos que me ayudan a mirar con más calma y a no dejar que la llama se apague.

Entonces entiendo que, igual que los niños, no caminamos solos: cada farol ilumina un poco el del otro. Y que lo que parece tan tenue, cuando se une, crea un sendero entero de estrellas.

Ojalá en estos días tú también encuentres tu fanalet:
esa pequeña luz que te recuerda quién eres, hacia dónde vas,
y que NUNCA estás sola en el bosque.

Abrazo de más de ocho segundos,
Mar