Luz de Adviento

Luz de Adviento

Hola querida lectora,

¿Cómo estás?

Deseo que estos días de final de noviembre te encuentren en calma, entre tanto frenesí.

Antes de nada quiero darte las GRACIAS.
Los mensajes recibidos tras mi carta anterior (fanalet) me han acompañado estos días como pequeñas luces. Gracias de corazón por estar ahí, al otro lado, con esa presencia tan cálida.

Hoy me paso por aquí para contarte que ste próximo domingo encenderemos la primera vela del Adviento.
No como un gesto religioso, sino como un recordatorio antiguo. Antes de que el mundo se inundara de ruído y luces artificiales, la gente encendía una sola llama para no olvidar la esperanza.

La palabra adviento significa “lo que está por venir”.
Y aunque hoy lo asociemos a calendarios de chocolate y decoraciones brillantes, su origen es anterior, este tiempo marcaba las semanas previas al solsticio de invierno, la noche más larga del año. Las culturas antiguas encendían una vela para acompañar la oscuridad, no para evitarla. Una llama pequeña que sostenía la promesa de luz.

Este tramo del año tiene para mí una belleza particular y que me toca por dentro. El final del otoño deja tras de sí una tierra aparentemente quieta, pero llena de vida en su interior: las semillas reposan, la savia baja, la oscuridad se vuelve fértil.
En el silencio más profundo, la futura vida empieza a gestarse.
Y, este mismo período, coincide con la llegada de Sagitario, ese fuego que no quema: orienta. El fuego que levanta la mirada hacia el horizonte, que nos invita a preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por el rumbo, por aquello que tiene verdadero significado. Una llama que, en vez de iluminarlo todo, ilumina justo lo suficiente para seguir adelante.
Quizá por eso, estos días estoy especialmente sensible al contraste entre lo que la naturaleza – vida pide y lo que el mundo actual propone.

Cómo es posible que haga semanas que allá donde vaya encuentre luces navideñas colgadas, grandes carteles de descuentos, árboles de navidad, turrones y mazapanes….  En fin, una locura y un ritmo que no sé a quién pertenece y que desquicia.

Y a mi lo que me pide el cuerpo es lo contrario:
menos brillo artificial,
más silencio;
menos prisa,
más presencia;
menos empuje hacia lo externo,
más escucha interna.

El otoño NO nos pide correr. Nos pide rendición.
Nos pide aceptar la sombra fértil, la lentitud, la preparación.
Nos recuerda que no todo lo valioso se compra, ni se anticipa, ni se acumula.
Que hay procesos que solo nacen en la quietud.

En estos días me pregunto qué luz quiero encender yo.
Qué intención deseo acompañar durante estas semanas oscuras.
Qué semillas necesitan mi tierra, mi tiempo, mi cuidado.
Y qué ruido puedo dejar caer, como una hoja que ya cumplió su ciclo.

Ojalá tú también puedas encontrar tu vela de Adviento interior

esa que no deslumbra, pero guía;
esa que ilumina lo justo para dar el siguiente paso;
esa que te recuerda que, en lo profundo de la oscuridad, algo está empezando a nacer.

 

«Oh, corona de Adviento, luz en la oscuridad,

alegría que yo siento al santir tu cálida paz.

Una vela al inicio. después dos encenderé,

cuando sean tres y cuatro, llegará la Navidad»

Y si sientes que este invierno quieres acompañarte de símbolos, de sentido, o de un espacio donde mirar juntas tu mapa, tus tránsitos, comprender mejor tu momento actual…. sabes que aquí estoy. A veces una conversación, una lectura celeste o un encuentro puede ser también una vela encendida.
Abrazo de más de ocho segundos,
Mar 🌙